El
banquete celestial
En un
pueblo lejano vivía un pequeño campesino. Cierto día, oyó decir al padre en la
iglesia que para llegar al paraíso había que caminar siempre adelante. Entonces
el niño puso en camino y caminó casi adelante por montes y por valles, sin
volverse siquiera una vez a mirar hacia atrás.
Llegó
así a una gran ciudad y entró en la catedral, donde se estaba celebrando una
misa solemne.
Viendo
toda aquella belleza no soñada, el pequeño creyó haber llegado realmente
al paraíso. Y lleno de alegría se quedó allí el día entero. Cuando al
anochecer, el sacristán que debía cerrar la iglesia quiso echarlo, él le
dijo:
-No
quiero irme ahora que por fin he llegado al paraíso.
Sorprendido
ante aquella extraña respuesta, el sacristán corrió a referírsela al párroco
quien, conmovido ante la ingenuidad del niño, ordenó que le dejasen tranquilo y
le conservó a su lado.
En la
iglesia había una imagen del niño Jesús; el pequeño se arrodilló ante ella y le
dijo:
-Qué
delgadito estás, Señor. Se nota que esta gente no te da de comer; pero no te
preocupes, que yo te daré la mitad de mi
pan. Entonces una voz dulcísima le
susurró:
-Da de
comer a los hambrientos y de ese modo me alimentarás a mí.
En la
puerta de iglesia se hallaba una pobre mujer que durante el día tendía la mano
a los transeúntes sin recibir de ellos apenas una mirada de compasión.
El
chiquillo le dio la mitad de su pan, luego miró la imagen del niño y le pareció
que le sonreía.
Así, lo hizo todos los días y la imagen
parecía hallarse muy satisfecha.
Transcurrido
algún tiempo, una mañana el pequeño campesino se arrodilló como de costumbre
ante el divino niño y oyó una voz dulcísima que le decía:
-El
domingo seré yo quien te ofrezca de comer, luego asistirás conmigo al banquete celestial.
El domingo
en efecto, el pequeño asistió a la santa misa, pero en el momento de recibir la
comunión, Dios le llevó consigo al cielo y le sentó a su mesa, en el banquete celestial,
tal como le había prometido.
Y esta
vez, sí que el inocente niño había llegado al paraíso.
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